En la era del conocimiento, pocos pueden cuestionar que hoy en día el principal activo de las personas, equipos y organizaciones es, precisamente, el conocimiento. Es decir, el conjunto de saberes, competencias y habilidades que forman un todo individual o colectivamente reunidas. Aceptando también que en la actualidad las llamadas habilidades blandas o habilidades para la vida (soft skills) son tan o más importantes que las habilidades duras o habilidades técnicas (hard skills) para el éxito profesional de cualquier persona, el debate suele concentrarse en torno a la posición que ocupan en la escala jerárquica cada una de las principales competencias y habilidades que demanda el mercado laboral del siglo XXI. Incluso el Foro Económico Mundial (WEF) hace publico un ranking anual para ilustrar la evolución de este debate.

Inteligencia emocional, colaboración, resolución de problemas complejos, creatividad, capacidad de adaptación, análisis de datos, programación, diseño; son algunas de las competencias y habilidades que año con año se sitúan en los primeros lugares del ranking antes referido. Sin embargo, la rapidez y continuos cambios que caracterizan al mundo moderno conllevan a una pronta obsolescencia de los conocimientos que hoy nos resultan válidos y pertinentes para la competitividad laboral. Por tanto, el aprendizaje entendido como la adquisición continua de conocimientos es fundamental para la pertinencia profesional, pero además como explica Arie de Geus, teórico de los negocios, «la capacidad de aprender más rápido y constantemente puede terminar siendo la única ventaja competitiva sostenible». Dicho de otra forma, la capacidad de adquirir nuevas competencias y habilidades de forma rápida y continua es crucial para el éxito en un mundo en constante cambio.

En este contexto y entendiendo que el aprendizaje es, en consecuencia, una metacompetencia, lo cierto es que para tener éxito en el entorno actual es necesario permanecer en continuo aprendizaje. Dejar de aprender y preferir resignarte significa que estás corriendo el riesgo de quedarte atrás, desactualizado. No obstante, la cuestión es que somos malos aprendiendo. De hecho, somos nuestros peores enemigos. Nos obsesionamos con los resultados y terminamos dejando de examinar con cuidado cuál será el mejor camino para lograr el propósito en mente (proceso). Nos apresuramos a hablar y responder en lugar de enfocarnos en hacer preguntas.

Aunque la mayor parte de las veces entendemos el aprendizaje como una actividad puntual y aislada, o bien como un proceso sumamente formal y estructurado, lo cierto es que existente algunas prácticas que nos pueden ayudar a desarrollar nuestra capacidad de aprender y convertirnos en un aprendiz dinámico capaz de liderar de mejor forma, tanto nuestra carrera profesional como equipos y organizaciones:

  1. Dedicar tiempo: El aprendizaje debe convertirse en una práctica consciente y deliberada, por lo que debemos destinar tiempo a ella.
  2. Valorar el fracaso: Cuando las cosas no salen bien, siempre es importante identificar las fallos para aprender de ellos y no volver a cometerlos en el futuro.
  3. Hacer preguntas: Reconocer las cosas que no sabemos y plantear preguntas desde la ignorancia para aprender sobre ello.
  4. Saber escuchar: Aprender no es un ejercicio solitario y es preciso callar y escuchar a quienes pueden ayudarnos a aprender respecto a lo que desconocemos.
  5. Combinar la especialización y la amplitud: Tener bastos y profundos conocimientos sobre ciertos temas es bueno, a como también lo es mostrar curiosidad y adquirir ciertas nociones sobre una amplitud de áreas específicas.

No nos limitemos a ser tan solo profesionales del conocimiento; también tenemos que ser líderes en constante aprendizaje. Como dijera Satya Nadella, Directora General de Microsoft: “En todo caso, ser un “aprendetodo” siempre será mejor que ser un sabelotodo”.

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